31 de julio de 2011

Paisaje Minero 2040, modificando el código


Finalmente he llegado.

Estoy en uno de los puntos más altos del Uruguay, a casi 450 metros sobre el nivel del mar.

El ascenso no fue fácil, si bien solo estoy un poco más de cien metros sobre la ruta. Esa es una altura similar a la del Cerro de Montevideo o el de San Antonio en Piriápolis.

Lo que hace difícil acceder a la cima, es que el cerro esta compuesto de piedra molida suelta, casi no tiene vegetación y la pendiente es empinada. Para completar el panorama las lluvias del invierno han generando profundas zanjas, algunas de casi cinco metros de profundidad, por las que cuando llueve corren cañadones de agua marrón amarillenta que arrastran capas de material tipo arenoso que ahoga la vegetación de la planicie mas abajo.

Al otro lado de la cima, la ladera del cerro baja mas de 300 metros, a un profundo zanjón de más de 500 metros de ancho y casi dos kilómetros de largo con bordes bien definidos y dentro del cual un camino en espiral lleva hasta un pequeño espejo de agua verdosa en el fondo

Mas allá del pozo pasa la ruta, al costado una serie de galpones y estacionamientos vacíos son mudos testigos de la que fuera una actividad comercial floreciente. Mas al norte sale desde la ruta un camino que lleva, a pocos kilómetros, a una serie de plataformas de hormigón que no hace mucho servían de base a casas prefabricadas que eran arrendadas a trabajadores.

Ahora se esta levantando viento, del suelo comienza a levantarse polvillo y arena. Hacia el norte otros cerros similares a este aparecen en el horizonte y presentan cual velo de novia estelas de polvo que hacen enrojecer al sol poniente.

Comienzo a bajar con cuidado por donde subí, pero ahora el polvillo de piedra me castiga los ojos. Igual creo que tengo suerte, algunos amigos que pararon aquí en el verano, de camino a Melo, me comentaron que en seca el polvo complica, incluso para respirar.

Ahora sigo a Cerro Chato y mañana me vuelvo para ver otro cerro. Quiero visitar especialmente al que rodea el pozo de la mina que originalmente se llamó “Morochos”, la más chica de todas, y que por un cambio del cronograma pasó a ser la primera que debía cerrarse en lugar de la “Maidana”.

Bueno, efectivamente se cerró, si bien no de la manera esperada. No recuerdo el año, pero cuando ya se había terminado la explotación, unas fuertes lluvias desbordaron la laguna artificial de “Valentines Sur” y el pozo redondo de la mina se llenó de agua.

Ello llevó a que los últimos dueños chinos del complejo la bautizaran, por el color blanquecino de sus aguas, como “Changhe”, en honor de la diosa china de la luna. Es impresionante pensar que con sus más de trescientos metros de profundidad, su fondo está muy por debajo del nivel del mar y podríamos hundir en el lago la torre de Antel y el Palacio Salvo uno sobre el otro sin que asomaran sobre el agua.

Ya en la posada de Cerro Chato me pregunto como llegamos a esta situación. El dueño de la posada opina que se apuraron mucho a sacar el hierro y que seguramente se podría haber planificado un nivel de explotación menor para que las minas continuaran operando al menos 10 años más, hasta 2050.

Por lo bajo me asegura que varias veces alojó a inspectores ambientales del gobierno, que se quejaban amargamente de tener las manos atadas ante la magnitud del emprendimiento. Igual se cumplió con las autorizaciones ambientales trianuales que marca la ley, con pocas observaciones que fueron subsanadas por los sucesivos grupos inversores.

Eso hasta que llegó el momento de ejecutar el plan de cierre al terminar la explotación. En ese momento y contrario a lo que sucedió en las etapas anteriores (exploración y prospección), no tuvo intervención la DINAMA y menos aún la policía ambiental creada recién en 2029.

Eso porque la modificación del artículo 100 del código minero (Decreto Ley 15242), realizada en 2011, específicamente dejó a criterio del explotador la determinación de las tareas de remediación (inciso g) y estableció que incluso la caución depositada sería liberada 60 días después de finalizado el permiso, poniendo como única condición que no se hubieran acreditado ante la DINAMIGE la existencia de procesos ordinarios por daños y perjuicios contra los explotadores de las minas.